"Uno no logra conocerse a sí mismo haciendo un recuento de sus 'malas acciones'; éstas no nos representan. Todas nuestras dudas, miedos y recelos, anhelos inmaduros, autoindulgencias, son obra de nuestro cuerpo físico, guiado por los falsos instintos y la imaginación, y no de nuestro verdadero ser, que es el alma -el espíritu que albergamos-. Allí está nuestra consciencia, nuestra sabiduría y nuestra fortaleza. Nadie puede dañarla, salvo nosotros mismos".
"La sobriedad para nosotros mismos", Nueva York, Nueva York, noviembre de 1946. Del libro Thank You for Sharing.