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Septiembre / Octubre 1997

‘Se apagó el fuego'

Paso 9: Reparamos directamente a cuantos nos fue posible el daño causado, excepto cuando el hacerlo implicaba perjuicio para ellos o para otros. 

Nadie tenía que recordarme que en los años de mis borracheras le había causado daño a mis seres queridos. Las lágrimas de mi esposo y el dolor reflejado en los rostros de mis hijos cuando estallaba una y otra vez con mis rabietas alcohólicas: éstas representaron un papel importante en provocar la crisis que precipitó mi recuperación. Sabía que tenía que hacerles reparaciones. Quería que mi relación con mi familia fuera funcional y saludable, y que tuviera una base gratificante. Tenía que poner manos a la obra y trabajar duro. 

El Libro Grande tenía razón: mi esposo e hijos generosamente aceptaron mis disculpas, deseosos de ayudarme para que me mejorara, felices que la larga pesadilla en la cual todos habíamos vivido había terminado. Pero ése era sólo el comienzo del proceso de hacerle reparaciones a ellos. Mis disculpas, no importa cuán sinceras, no eran suficiente. Le había causado daño a mis seres queridos y los había privado de la clase de esposa y madre que se merecían; ahora necesitaba dejar de ser egocéntrica y egoísta, aprender a ver el mundo desde su punto de vista para poder ayudarlos. Tenía que encontrar nuevas maneras de comunicarme con ellos. Todo esto llevó tiempo, para no mencionar esa cualidad tan rara, ¡la paciencia! Caí en cuenta que no era un accidente que acometemos el Noveno Paso sólo después de que somos lo suficientemente fuertes para empezar la clase de trabajo espiritual que es necesario para hacer reparaciones. Tal vez podamos esperar que las Promesas se hagan realidad sólo después de que hayamos empezado a hacer reparaciones en el seno de la familia. A pesar de la dificultad, este proceso, algunas veces en relación con mi esposo e hijos, tomó una nueva dirección cuando empecé a hacer reparaciones dentro del seno de mi familia de origen, En mi propia familia más cercana, yo había causado mayores daños, y era la que necesitaba ser perdonada. Pero no se había presentado ningún Príncipe Azul. Mi padre alcohólico le había causado daño a mi madre co-dependiente y ella le había causado daño a él; asustada y furiosa corno estaba, les causé daño a ambos y ellos me hicieron daño a mí. Mis tías y tíos y primos y abuelos — los daños mutuos existían por todos lados. Todos éramos responsables y, honestamente — quizá debido a que me había ido de casa en mi adolescencia — mi contribución a esos daños había sido relativamente pequeña. 

Pero eso no quería decir que no era responsable, y vi que tenía que empezar perdonando a aquéllos que me habían hecho daño. Con los resentimientos que me consumían, no podía ser eficaz haciendo reparaciones. No lo había previsto, pero perdonar a los otros por el daño que me habían causado era parte necesaria de mi Noveno Paso. 

¿Qué significaría para mí perdonar a esos familiares que habían hecho mi niñez tan infeliz? Obviamente implicaba mucho más que decir las palabras, “Te perdono." ¿Y qué más? ¿Cómo iba a hacerlo? El Libro Grande, tan útil en muchos otros asuntos, no me daba la dirección que necesitaba. Tampoco me la daba el "Doce y Doce.” En algunos cuantos casos, ambas fuentes mencionaban la necesidad de perdonar — de pedirle perdón a Dios y a otras personas, por ejemplo, y de perdonar a los otros como también a mí misma. Es más, en dos lugares, el Libro Grande insinuaba que deberíamos perdonar y olvidar. ¿Olvidar? ¿Olvidar las palizas? ¿Olvidar que habían abusado de mí sexualmente? ¿Olvidar el abandono que había sufrido? ¿Olvidar ser públicamente ridiculizada y abochornada?  Esas experiencias de mi infancia estaban grabadas en mi memoria. Aún si pudiera perdonar a aquellos que me habían causado daño de esa forma — y el Libro Grande, desafortunadamente, no me decía cómo hacerlo — no creía que fuese posible olvidar. 

Resultó, sin embargo, que después de once años en AA, aprendí algo acerca de perdonar a alguien y, de esta manera, aprendí lo que significa perdonar. Aprendí esta lección cuando me encontré en una situación en la que no tenía más remedio; puesto que perdonar resultó ser la única opción posible. 

Mi madre había muerto repentinamente y tenía que visitar mi casa de origen para asistir al entierro. En la confusión de los días siguientes, una idea continuó atormentándome: tendría que ver, tendría que tratar, a la hermana de mi padre, mi tía Margaret. ¡Mi tía Margaret! Durante mi niñez, si bien algunas veces había sido amable conmigo (aunque en raras ocasiones), había sido hiriente la mayoría de las veces, sin que se le escapara una oportunidad de criticarme con crueldad, hasta llegar al punto de avergonzarme en público. Negativa en su actitud conmigo, abusiva, criticona, insensible, a veces malévola — ¡la tía Margaret era todas esas cosas! Para mí ella se había convertido en un símbolo viviente de mucho de lo que había ocurrido en mi niñez infeliz. Tener que tratar con ella — y no podía hacerlo a menos que no asistiera al entierro de mi madre — era resucitar los fantasmas de un pasado infeliz. 

Francamente, no tenía la "energía" emocional ni espiritual para tratar con mi tía Margaret además de los confusos y conflictivos sentimientos provocados por la muerte de mi madre. "No sé cómo voy a poder hacerlo," le dije a mi madrina. "¡No sé cómo voy a sobrevivir al mismo tiempo el entierro, toda mi familia de locos y enfermos, y a la tía Margaret!" 

"¿Podrías tratar de cambiar la manera cómo la ves?" me preguntó. "¿Podrías verla no como la mujer que atormentó tu niñez, sino como un ser humano patético que siempre ha querido algo que nunca tuvo en el hogar alcohólico de tu abuelo — simplemente ser querida por ser la persona que era? ¿Puedes sobreponerte a tu propio dolor y alcanzar su espíritu sufriente? ¿Puedes demostrarle amor? 

"Pero no la quiero," le contesté.

"No te pedí que la quisieras," me dijo. "Te sugiero que actúes como si la quisieras, o al menos inténtalo." 

Recuerdo haber pensado: puedo intentarlo. Pero no va a surtir efecto. 

Acababa de llegar a la casa de mi familia (donde me hospedé durante el período del funeral) cuando se abrió la puerta y apareció la tía Margaret, con un extraño esbozo de sonrisa en su rostro. Ésa es ella, pensé. Éste es el momento. Dios, ayúdame un poco, me dije para mis adentros. Me le acerqué. "Te agradezco mucho que hayas venido," le dije. 'Gracias por tu ayuda. Eres muy gentil," La abracé estrechamente. (No mentí, recuerdo haber pensado. Todo lo que dije es verdad). La tía Margaret empezó a llorar y yo también rompí en llanto. Ella había querido a mi madre y estaba acongojada. La vieja bruja era ahora una señora anciana, perpleja por la pérdida de una hermana, tal vez aterrada de que su propia muerte no estuviera muy lejana. Esa noche, más tarde cuando se marchaba, le dije; "Voy a pasar por la funeraria mañana para encargarme de los últimos detalles. Te agradecería si vinieras y me ayudaras."  Consintió inmediatamente, (¿estaría sorprendida por lo que le había pedido?, y esto estableció el patrón de mi trato con ella los días siguientes. Aproveché cada oportunidad que se presentó para invitar a mi tía Margaret para que estuviera a mi lado, para que me acompañara en mis actividades. Le estaba tratando de decir que la quería a mi lado. Me estaba comportando amorosamente. 

Desde ese entonces, hace siete años, ha habido cambios, cambios importantes, me parece en nuestra relación. Llamo por teléfono a la tía Margaret el Día de las Madres y para las Navidades, y el día de su cumpleaños. Cuando su esposo murió repentinamente, la llamé con frecuencia. Me escribe y le contesto. No, todavía no es mi persona favorita y todavía no me cae bien, ni he logrado desarrollar una relación cálida ni íntima con ella. Tal vez eso nunca ocurrirá. Quizá, a lo mejor, sería diferente si viviera cerca de ella — en vez de a miles de millas de distancia — y tuviera que verla con frecuencia. ¡Eso podría alterar mi resolución de actuar de manera amorosa con ella!  Pero la realidad es que mientras que las memorias del pasado titilan de vez en cuando, el dolor de esas memorias ya no está ahí. La llama está apagada. 

En todo esto, la tía Margaret nunca, ni una vez, me pidió que la perdonara. Probablemente no sabe que necesita ser perdonada por mí. Así es que he aprendido la sorprendente verdad que puedo perdonar a otros aún si ellos no me piden que los perdone, aún si ellos no reconocen que deben hacerlo. Perdonar parece depender más del amor del que perdona que de la "adorabilidad" del perdonado. 

Una última lección. Descubrí que recordar tiene un significado que va más allá de su sentido mínimo de ser capaz de recordar. Recordar en este sentido significa no desprenderse de las cosas — mantener vivo un hecho del pasado, darle peso en la vida de uno, darle importancia ahora mismo. Visto de esta manera, ya no recuerdo el dolor que me causó mi tía Margaret. Lo he olvidado.

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