Bendecida
Soy Rosa y soy alcohólica. Para que yo llegara a AA tuvieron que pasar siete largos años de alegría etílica. ¿Por qué alegría? Porque el alcohol, ese gran “amigo”, me daba la falsa sensación de felicidad que tanto necesitaba para sobrellevar el dolor profundo de la pérdida de mis padres y un divorcio. Hoy me doy cuenta de que todo aquello no eran más que excusas, una forma de huir de la realidad. No tenía fuerza de voluntad ni fe en Dios y eso me llevó a perder lo más valioso que tenía.
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