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Mayo / Junio 2006

El Paso Quinto dado formalmente

Quinto Paso: Admitimos ante Dios, ante nosotros mismos y ante otro ser humano, la naturaleza exacta de nuestros defectos.

Durante mis primeras semanas de sobriedad, leí todos los Doce Pasos rápidamente y decidí que cualquier idiota podría seguir esas sugerencias sin problemas. Pero al acercarse el momento de dar el Quinto Paso, comencé a tener dudas. Nunca podría contarle a otra persona algunas de las cosas que había hecho mientras estaba tomando.

Si estos nuevos amigos que había conocido en AA realmente supieran quién era, no querrían tener nada que ver conmigo. Por ello, decidí que iba a mantener la boca cerrada en relación con los horrores de mi pasado, y a aparentar que todo estaba bien.

Unos meses después, había intentado hacer mi primer Quinto paso. Con un cuaderno con mi inventario en mano, recité una lista de ofensas veniales. No dije nada relacionado con el miedo, la culpa que me carcomía ni el odio a mí mismo. El simular hacer un paso no es lo mismo que hacerlo. Por ende, no sucedió nada extraordinario aquel día. Lo que experimenté fue una derrota.

La derrota, aunque dolorosa, es parte del aprendizaje. Así como el alcohol me había derrotado y me había obligado a aceptar cierta dosis de humildad en mi vida, lo mismo ocurrió con mi primera experiencia con el Quinto Paso. La dosis de humildad había desinflado nuevamente mi ego alcohólico, y allí estuvo la clave del éxito. Al verme obligado a abandonar mi concepto de cómo debía hacer el Quinto paso, comencé a escuchar más atentamente en las reuniones. El oír a otros compañeros hablar de una forma tan libre, sincera y realista sobre sus defectos, hizo que fuera más fácil para mí comenzar a compartir acerca de los míos. Como un nadador que hunde un dedo en el agua antes de tirarse a la piscina, yo empecé a compartir acerca de mis defectos lenta y cautelosamente. Siempre esperaba encontrar rechazo y expresiones de desagrado, pero me di con la grata sorpresa de recibir comprensión, aceptación y apoyo.

En el transcurso de un año, la mayoría de las abominaciones que me atormentaban ya habían sido sacadas a la luz, con la ayuda de un buen padrino. Las examinamos juntos, eliminamos la culpa y los remordimientos, y decidimos en qué casos era necesario hacer enmiendas. Algunos meses después, me tiré de lleno a la piscina: di formalmente el Quinto Paso, del que tanto había escuchado hablar. Durante cinco horas, mi padrino y yo nos sentamos en la sala de su casa y conversamos. No fue una sesión de reproches atormentados ni de autoflagelación. Por el contrario, pude compartir esperanzas, miedos, antiguos errores y planes realistas para mejorar. Por supuesto, se habló de resentimientos, culpa, lujuria, celos y otras cosas por el estilo; pero también pudimos compartir sobre felicidad, alegría, gratitud y amor.

Ninguno de los Doce Pasos es un ejercicio de autodestrucción. Es verdad que un Quinto paso sincero es una forma de desinflar el ego, pero únicamente a través de la humildad esencial que me da, puedo comenzar a crecer mental, emocional y espiritualmente para convertirme en la persona que Dios quiere que sea.

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