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Mayo / Junio 2005

Atravesar la puerta

Crecí en un hogar lleno de alcohol y drogas. Nos mudábamos cada mes porque no teníamos dinero para pagar el alquiler.

Toda la plata se iba en alcohol. Nunca conocí a mi padre, y la verdad es que los diversos padrastros que tuve no eran muy presentables. Con todo lo que pasaba, no es de extrañar que no me gustara mucho estar en casa.

Mi introducción al alcohol ocurrió cuando tenía doce años: el vino fue mi primera bebida.

Hoy tengo cincuenta años y, cuando reflexiono, me parece increíble que haya llegado a esta edad.

Seis meses después de mi primer trago fui arrestado por primera vez. Mi primo y yo robamos unos discos y nos descubrieron. Recibimos una reprimenda de las autoridades y nos advirtieron que no volviéramos a hacerlo. La lástima es que no pudieran ver adónde estábamos encaminados. Mi siguiente arresto fue por robar cigarrillos de una licorería. Esta vez, el juzgado de menores dictaminó que era incorregible y me internaron en un reformatorio. Eso fue en 1964. A partir de entonces, el abuso total del alcohol se apoderó de mi vida y todo se fue al diablo. Seguí tomando y tratando de escapar de los problemas hasta los dieciocho.

Dos meses después de mi cumpleaños número dieciocho, me vi camino a la cárcel para cumplir una condena de seis meses a diez años. Al principio tuve un poco de miedo, pero no era el único novato y conseguí adaptarme ya que, después de todo, era un avezado delincuente juvenil.

Para algunas personas, la cárcel es su único hogar. Durante un tiempo pensé que yo era uno de ésos. Entre agosto de 1987 y marzo de 1995 sólo estuve en la calle sesenta y seis días. Mi prontuario tiene tres páginas y no me enorgullezco de ello.

Estaba verdaderamente harto de tanta locura, pero no sabía cómo cambiar. Cada vez que salía libre, era siempre lo mismo. Me daban diez dólares y un boleto de autobús y me decían que no me metiera en líos. Siempre usaba el dinero que me daban en la puerta para comprar tragos. ¿Qué diablos iba a hacer, si casi nunca tenía siquiera un lugar adónde ir?

Finalmente, llegué desear que la cosa funcionara. Me entrevisté con la junta encargada de decidir sobre mi libertad condicional y me preguntaron si quería cambiar. Me dijeron que me dejarían en libertad condicional siempre y cuando aceptara primero ir a un programa de tratamiento.

Me mandaron a Iowa y tres días después empecé a participar en AA. Me gustaba la idea de que no era la única persona que estaba harta de su forma de vivir. Me inscribí en un programa de seguimiento en una institución de tratamiento y conseguí mantenerme sobrio durante más de noventa días.

Era difícil continuar así; el alcohol estaba a la vuelta de la esquina (es una lástima que las licorerías no pongan un letrero que diga "No se admiten alcohólicos"). Todos tenemos que luchar de alguna manera para encontrarnos a nosotros mismos, y AA me ayudó a entender lo que estaba sucediendo. Estaba batallando constantemente con mi ego, pero mi corazón me seguía diciendo que mantuviera sobrio. Logré superar esta etapa, con una gran determinación de no perder esta vez.

Nueve meses después de atravesar la puerta de AA, el coordinador de una reunión se me acercó y me dijo que el grupo necesitaba alguien que coordinara la reunión del domingo por la mañana. Me preguntó si yo estaría dispuesto a hacerlo.

No sabía qué responder. Mi mente estaba agitada. No quería causar ningún problema, y no sabía si estaba listo. Pero, a pesar de todo, dije que sí, y me encargué de coordinar esa reunión durante más de un año.

AA me dado una vida íntegra y un futuro que puedo ver con claridad, no a través de la niebla del alcohol y las drogas. He estado empeñado en hacer mis enmiendas y he recibido dos perdones totales e incondicionales, y estoy tratando de obtener dos más.

Tengo un buen trabajo, una mujer maravillosa y dos hijastros increíbles. Mi mujer me recuerda que la vida es un camino, no un destino al que llega, y tiene razón.

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