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Enero / Febrero 2023 | Un Poder Superior | Los miembros opinan

¿Quién sufrió más?

Reparando relaciones retorcidas

¿Quién sufrió más por nuestro alcoholismo? ¿La esposa, los padres, los hijos, toda la familia… o el mismo alcohólico?

Hace poco en una reunión, un AA compartió que cuando él estaba borracho, maltrecho, tirado en un andén cerca de su casa, pasaban los vecinos por un costado y esquivándolo se decían: “¡Pobre doña Margarita!” Otros: “¿Cómo sufrirá doña Margarita?” Y alguien más: “¡Qué pesar de doña Margarita!” Y así, todas las exclamaciones de lástima y de pesar eran para doña Margarita, la madre del alcohólico. Pero, contaba el mismo compañero, que a nadie se le ocurría decir: “¡Pobre Juan Manuel!” o “¿Cómo sufrirá Juan Manuel?” “¿Cómo podemos ayudarle a Juan Manuel?” ¡No! Todos pasaban de largo mirándole despectivamente, y pensaban más en la mamá, en la esposa o en los hijos, pero no en él, quien era verdaderamente el que más estaba sufriendo por esta terrible y espantosa enfermedad.

A otro alcohólico le escuché decir que quienes más habían sufrido por su enfermedad, habían sido su señora y sus hijos, y por ellos estaba dejando de beber y haciendo todo lo que fuese posible para recobrar el cariño y el afecto de sus seres queridos. Después de un tiempo sin beber, y ya con un empleo fijo que le permitía alguna solvencia económica, le volvieron a abrir las puertas de la casa, y como lo trataban mejor y todo empezaba a funcionar como él pretendía, dejó de asistir a las reuniones, no volvió a leer la literatura, perdió el contacto con los AA, y no se volvió a saber nada de él.

De igual manera, algunos alcohólicos en el programa permanecen convencidos de que quienes más padecieron los rigores del alcoholismo fueron los demás y no ellos mismos. De allí que en el Texto Básico aparezca un capítulo con el título de “La Familia Después” pero ¿después de qué o de quién? La respuesta no es difícil de encontrar en el mismo programa de recuperación: ¡Después de nosotros mismos!, después de que el alcohólico haya logrado una buena y sólida recuperación con la práctica de los Doce Pasos de AA.

“Primero, lo primero”, es una de tantas advertencias que nos repite el programa, mediante avisos fijados en las paredes de los grupos, “con esposa o sin esposa, con familia o sin familia el alcohólico puede recuperarse”, señala el programa, para aquellos que condicionan su estadía en AA de acuerdo con la manera en que los reciban de nuevo en la familia y les den un trato preferencial.  Aquellos que no tienen en cuenta estas consideraciones, cuando recobran el amor de la esposa, el respeto de los hijos o el cariño de los padres, se van olvidando de AA y, al final, si bien puede que no vuelvan a beber, se ubican en una zona de riesgo demasiado peligrosa.

“El dejar de beber no es más que el primer paso para el alejamiento de una situación tensa y anormal”, indica el mismo capítulo “La Familia Después”, del Libro Grande (p. 122). En otros casos, el alcohólico no logra recobrar el hogar, y no por esto se debe justificar para irse a beber. Es su vida, su salud, su tranquilidad la que tiene que recuperar.

Hay esposas resentidas que no perdonan, hijos que permanecen heridos, lastimados y alejados de sus padres. “Años de convivencia con un alcohólico puede volver neuróticos a cualquier esposa o niño. Toda la familia está enferma hasta cierto grado”, es la opinión que recoge el Texto Básico según un profesional de la medicina. “Maridos y esposas se han visto obligados a separarse por un tiempo hasta poder obtener una nueva perspectiva y una nueva victoria sobre el amor propio. En la mayoría de los casos el alcohólico sobrelleva esta prueba sin recaer, pero no siempre”. (p. 125)

El Paso Cuatro señala que “nuestras relaciones retorcidas con nuestra familia, nuestros amigos y la sociedad en general, son las que nos han causado el mayor sufrimiento a muchos de nosotros” (Doce Pasos y Doce Tradiciones p. 50) Y el Paso Ocho corrobora lo anterior, “incluyendo nuestro alcoholismo”. (p. 78). No creamos, entonces que, con solo dejar de beber los demás van a cambiar su actitud y comportamiento para con nosotros, o nos van a perdonar todo el daño que les causamos.

Somos nosotros los que tenemos que modificar radicalmente nuestros antiguos comportamientos, nuestras maneras de tratar y de relacionarnos con los demás. No es suficiente con pedir perdón, hay que reparar hasta donde nos sea posible, sin afectar a terceros. Y la mejor forma de reparar es cambiando nuestras equivocadas conductas, a través del trabajo sincero con los Pasos.

Si el alcoholismo es una enfermedad contagiosa, como se asegura, y no en el sentido de que los demás se van a ir a beber parejo con nosotros, sino que es contagiosa en cuanto al daño psicológico y emocional que produce en los demás, en nuestros seres queridos que sufren con nuestro pésimo comportamiento, entonces también, y de alguna manera, la recuperación resulta contagiosa ya que, cambiando nuestra actitud, antiguos hábitos y comportamientos, también las relaciones con los demás, poco a poco, se van mejorando.

Por eso, en la lista del Paso Ocho, yo me ubico en primer lugar, y la reparación del Paso Nueve debe comenzar, consecuentemente, por uno mismo. Cuando reparamos en nosotros mismos, cuando modificamos actitudes y posturas equivocadas y altaneras y respondemos calmadamente y con respeto; cuando empezamos a desempeñarnos de manera diferente, ellos, al notar los cambios, de manera consciente o inconsciente, comienzan a perdonarnos y, de alguna forma, también a cambiar.

Nada se logra con pedir disculpas, con pedir perdón y prometer que vamos a cambiar, si no lo demostramos. Si solamente nos quedamos secos, tapando la botella, con las meras intenciones y prometiendo mejorar, pero sin convencer a nadie por seguir con los mismos comportamientos que muchas veces sacan de casillas a los demás. 

“Las esposas y los hijos de estos individuos sufren horrorosamente, pero no más que ellos mismos”, dice el capítulo anterior, “A las esposas” (pág. 114). Por lo tanto, la familia va en la línea después del alcohólico, porque fuimos nosotros quienes más padecimos las consecuencias de un severo alcoholismo.

Paradójicamente, aunque el programa de AA busca la reducción del grandísimo ego del alcohólico, también demuestra un rasgo de sano egoísmo cuando nos enseña, “¡Deje que comience por mí!”

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