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Enero / Febrero 2003

Cómo trataré de manejar mis sentimientos

Mis sentimientos muchas veces me empujaron a beber. Hoy en sobriedad, sólo por la Gracia de Dios, y con la práctica constante de los doce pasos, y tal como lo expresan las promesas reflejadas en el sexto capítulo del texto básico, nunca más volveré a ser la persona amargada y problemática que era. Voy a cambiar mi mal carácter por una actitud amable y apacible. Puedo hacerlo si me lo propongo con buena voluntad. En primer lugar, debo convencerme de que después de Dios, soy el único dueño y responsable de mi vida. No esperaré pasivamente que me sucedan las cosas buenas; haré que éstas ocurran.

Cuando se presenten dificultades estaré allí para afrontarlas —soy capaz, debo confiar en mí. Me haré cargo de los procesos; por ningún motivo volveré a culpar de ellos a la vida, la suerte, ni a las demás personas, y menos aún castigar a los demás con mi hostilidad. Si por alguna circunstancia me siento enojado, evitaré que lo noten. Nadie tiene por qué llevar mi carga de problemas. Encerraré a "la loca del paseo" (mi mente), de tal manera que pueda ocuparme de cada cosa a su debido tiempo. Y si las cosas no salen bien, sabré aceptar que muchas veces salen mal, aunque no me guste.

Cada vez que esté irritado, trataré de conservar la calma.  El que se mantiene tranquilo es el que domina la situación; por lo tanto, no responderé como lo hacía antes, al primer impulso. Me concederé tiempo suficiente para que se me ocurra una buena idea. No puedo seguir estallando a toda hora. Expresaré mi enojo a quien lo provoque, serenamente, guardándome de tragarme las cosas. El programa me enseña a ser "manso, pero no menso". Me abstendré de meterme donde no me llamen; con ello evitaré que nada ni nadie sea dueño de mi sobriedad, y a las personas que les fascina causar ira a los demás, las alejaré del círculo de mis amistades.

Las vicisitudes diarias serán sólo situaciones. Le diré adiós a la norma de convertir en tragedia las contrariedades del diario vivir. Cada situación tendrá su justa importancia.

Trataré de que un mal momento no perturbe el día. Pondré buena voluntad para que el enojo no me domine. Cada veinticuatro horas mantendré la mente abierta a todo lo valioso que sucede un día a la vez, y sea motivo de alegría. Ya no criticaré, ni me quejaré, pues he aprendido a ver las cosas desde el lado amable, resaltando el lado positivo de los seres que comparten mi vida.

Lo más hermoso que me ha dado A.A. es la oportunidad de reírme de mí mismo, de los problemas y de las ironías de la vida. La alegría será una forma de ser; la serenidad y el buen humor serán los rasgos más notables de mi carácter, y podré así practicar el poder de la atracción según se expresa en nuestra undécima tradición, pudiendo servir con alegría, o brindar mi amistad o compañía. Me sentiré realmente a gusto conmigo mismo y con mi Poder Superior. Es seguro que lo lograré, pues a Él le agradará verme así.

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