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Enero / Febrero 1997

Solo en Tailandia

Este viajero de AA se quedó sin “ninguna defensa efectiva contra la primera copa"

Hace poco regresé después de pasar diecinueve meses en Asia donde trabajé como voluntario, muy lejos de mi grupo base. El Libro Grande y una reunión local una vez por semana (cuando podía ir a una) me ayudaron a permanecer sobrio.

Soy agnóstico; no tengo una concepción de un Poder Superior benévolo, pero he llegado a creer que si practico los Pasos, permaneceré sobrio. Confío en el proceso. En cierta forma, tomar la acción correcta se ha convertido en mi poder superior. Al principio de mi sobriedad, fui a las mismas reuniones todas las mañanas, llegué a conocer las personas en esas reuniones y me mantuve en contacto diario por teléfono. Pero cuando estaba viajando por Sri Lanka, India y Tailandia eso no fue posible. En muchos de los sitios que visité no había ni siquiera teléfonos. Escribirle regularmente a mi padrino en Los Angeles me ayudó, pero no estaba tan inmerso en el programa como lo había estado antes.

Cuando llegué a Chiang Mai, Tailandia, visité el grupo local de AA. Había estado viajando por dos semanas y estuve agradecido que pude encontrar una reunión esa noche, especialmente una reunión con muchos expatriados de mi país. Me faltaban tres semanas para celebrar mi décimo aniversario en AA, y mentalmente estaba cuadrando las cuentas: ni hogar, ni sueldo, ni esposa, ni novia. Mi padrino solía llamarlo “locuras de cumpleaños.” Viajar solo no era bueno para mí.

El día después de haber llegado viajé a una aldea remota donde nadie hablaba inglés. Mi intención era ver los proyectos de desarrollos rurales de esa localidad, pero los habitantes del pueblo todavía estaban celebrando el año nuevo budista mucho después de que había terminado oficialmente. En vez de ver desarrollo, me encontré juntándome con un grupo de hombres tailandeses que estaban tomándose una jarra de cinco galones de whisky de contrabando. Bebí agua.

El whisky es parte integral de la vida social en Tailandia. Con hospitalidad, los aldeanos me ofrecieron whisky, pollo y cigarrillos. No bebo, obvio, y a medida que he continuado con mi búsqueda, ya no fumo cigarrillos ni como carne. Pero sin poder compartir un lenguaje común, no había forma de explicar por qué no podía aceptar su hospitalidad. Me sentí avergonzado. Distanciado de ellos. A medida que pasaban las horas, me sentía más y más como un intruso. Quería irme pero no había transporte para el día siguiente. El sol se puso; no había electricidad. Ocho de nosotros nos sentamos haciendo un círculo en el suelo; las velas titilaban. Los aldeanos se divertían mucho, riéndose y contando historias. Era un entorno muy íntimo y yo era el único intruso. Lo sentí plenamente: ni luz, ni lenguaje, ni siquiera capaz de compartir la comunión de la embriaguez. Alguien me ofreció un cigarrillo y casi lo acepto solamente para sentir un nexo con él. Mientras tanto, a medida que la responsabilidad de servir los tragos pasaba de un hombre a su vecino, cada uno me ofreció un vaso con whisky. Quería aceptarlo, aunque sabía que probablemente me iba a matar.

El cerebro trabaja de manera extraña cuando está aislado. El ajuste de cuentas regresó: ¿qué era lo que iba a perder después de todo? No tenía posesiones ni responsabilidades. Observé todo esto sucediendo en mi mente y empecé a sentir temor. Tenía miedo que alguien fuera a mezclar whisky con el agua que estaba tomando cuando yo no lo viera y empecé a oler el vaso antes de tomarme un sorbo. Pero el olor a alcohol permeaba el recinto. ¿Y si había whisky en el agua y no podía olerlo? ¿Y si ya estaba bebiendo whisky y no lo sabía? ¿Estaría tan mal? De repente, no podía recordar las razones por las cuales no tomaba. Me sentí agitado. No había teléfono y no podía pedir que me llevaran a casa.

Entonces recordé una cita de El Libro Grande: “El alcohólico no tiene ninguna defensa efectiva contra la primera copa. . . . Su defensa tiene que venir de un poder superior.” No sabía qué más hacer, así que empecé a orar. No entendía a Dios y no sabía qué decirle. Oré pidiéndole ayuda en mi hora de debilidad, pidiéndole que me ayudara a no beber esa noche. Y no bebí.

Siempre me han dicho que Dios se manifiesta a través de los seres humanos. Me ayudó una mujer tailandesa que llegó a tomar con los hombres. Cuando ella cayó en cuenta que yo no bebía, le pidió a los hombres que no me ofrecieran whisky. Me sonrió amistosamente, con una sonrisa tranquilizante y, aunque no podíamos hablar, dejé de sentirme aislado. En cuestión de minutos, supe que tenía una amiga. Cuando terminó la tertulia, nos fuimos por rumbos diferentes. No había manera de darle las gracias por su ayuda, pero siempre le estaré agradecido.

Durante mi estadía en Asia, asistí a las reuniones de manera intermitente. En una de mis excursiones, no pude asistir a una reunión por un mes completo. En cualquier momento me pude haber encontrado solo con un grupo de bebedores, pero no sucedió. Había estado en una reunión la noche anterior antes de ir a esa aldea tailandesa — ¿pero si no lo hubiese hecho?

Afortunadamente, no tengo que contestar esa pregunta. Tampoco me preocupo de si Dios lo planeó de esa manera. No sé si Dios intervino para que no bebiera, o si el mismo acto de orar fue suficiente. Sólo sé que hice lo que me habían dicho que debía hacer en tales circunstancias, y no bebí.

Practico mi programa con sencillez. Voy a las reuniones. Trabajo los Pasos de la mejor manera que puedo. Permanezco sobrio. Y mi vida nunca ha marchado mejor. Para mí, por el momento, es suficiente dejar de meterme “en debates.”

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