Article Hero Image
Enero / Febrero 1997

Otra mano que me ayude

Diciembre 15, 1993: la fecha en el certificado de defunción de mi madre. Nos encontrábamos en plenas celebraciones de las Navidades, y mi esposa y yo estábamos ocupados con nuestros trabajos, los niños y todas las preparaciones adicionales que algunas veces exigen las festividades y los niños. Hacía dos años y medio que estaba en AA,

Afortunadamente tenía un buen padrino que me había ayudado a dar los Pasos cuando estaba dispuesto a darlos (y a veces cuando no lo estaba). Llegué a AA sin trabajo; ahora trabajaba tiempo completo. La enfermedad de Alzheimer de mi mamá estaba en su fase intermedia, y ella vivía a unas cuantas millas de nosotros en una casa para jubilados en la que le prestaban todos los servicios. Mi esposa y yo pasábamos con ella todo el tiempo a nuestra disposición, al menos un día a la semana, pero estaba resentido por el tiempo que teníamos que dedicarle.

Mamá había entrado y salido del hospital varias veces a causa de pequeños y grandes problemas, así que no me preocupé mucho cuando su doctor me llamó el 12 de diciembre para decirnos que iba a ingresar a Mildred al hospital por unos cuantos días pues tenía “un caso leve de pulmonía.” Pude ir a verla tres días más tarde y me sentía culpable por haberme demorado tanto. Rumbo al hospital le compré una bella poinsettia roja para su habitación. Cuando me acercaba a la estación de enfermeras en su piso vi a las enfermeras detrás del mostrador hablando frenéticamente por teléfono. Coloqué la mata sobre el mostrador y pregunté en qué cuarto estaba Mildred. La actividad cesó y se miraron entre sí y luego a mí. Les dije que era su hijo y había venido a visitarla. Una de las enfermeras me dijo que le apenaba informarme que Mildred había muerto hacía una hora. Todo mi ensimismamiento con los asuntos del día repentina y silenciosamente cesó. Contemplé las brillantes flores rojas. Me sentí avergonzado de haberle traído una planta a una persona muerta. Pregunté si habría alguien que le gustara tenerla en la habitación. Empecé a sudar. Sentí como si un gran hueco negro se abriese dentro de mí.

Murmuré algunas sandeces, luego empecé a caminar hacia la puerta. Quería correr, mucho y muy lejos de allí. Creo que principié a llorar. Una de las enfermeras, una señora madura que lucía como alguien que tenía experiencia con la vida y la muerte, se me acercó y me tomó del brazo con ambas manos, sosteniéndome con firmeza. Buscó mis ojos y me dijo que Mildred estaba en su cuarto ahí cerca, que no había sido movida, que sería bueno que fuera a verla y me despidiera de ella. Era lo menos que quería hacer—me exigía tener más valor del que tenía. Pero sostuvo mi brazo con firmeza y continuó diciéndome que sería bueno ir a hablar con mi mamá por un rato, decirle adiós, decirle que la quería. De pronto nos encontramos frente a la puerta y la enfermera me señaló la cortina corrida. “Está ahí, y hay una silla al lado de la cama. Quédese todo el tiempo que quiera y me encargaré de que no lo molesten.”

Le había hecho reparaciones a mi madre algunos meses antes, pero sentí que no habían sido completas porque ella no había comprendido completamente lo que le dije. Ahora me senté, le tomé la mano y le hice reparaciones. Le dije que la quería y lamentaba su sufrimiento. Finalmente me quedé callado junto a ella por un rato. De algún modo nos entendimos perfectamente. Habíamos hecho las paces. Salí del hospital atolondrado. No sabía cómo me sentía. Recuerdo un pensamiento pasajero: “¡Qué gran excusa para beber!”. Fui a casa y llamé a un amigo de AA. Resultó que estaba libre. Me dijo, “¿Por qué no vienes y te quedas un rato?” Fui a verlo, y más tarde un par de AAs vinieron a visitarlo. Pasamos la tarde hablando de esto y de lo otro (estaba atontado). Cené en casa, luego los mismos tipos pasaron a recogerme para asistir a una nueva reunión a treinta millas de distancia, básicamente una reunión con orador. Perfecto — lo menos que necesitaba era hablar. Después de la reunión, salimos a tomar café antes de marcharnos a casa. Y luego me fui a dormir.

Al principio de mi sobriedad, la muerte de mi madre habría sido “una gran tragedia,” una buena excusa para emborracharme y para compadecerme a mí mismo. Pero con cada paso que tuve que dar hubo alguien allí para ayudarme. Sé que Dios se manifiesta a través de la gente, si ponemos nuestras vidas en sus manos. Mi padrino me dice que la muerte es tan sólo otra parte de la vida, y que no tenemos la última palabra, sólo podemos hacer su voluntad hasta donde esté a nuestro alcance un día a la vez.

Y siempre existe la gracia divina en los días en que me siento desamparado, como me sentía ese día.

Tengo la esperanza de que algún día pueda estar allí para darle la mano a alguien que esté pasando por su peor día sobrio.