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Enero / Febrero 1997

Luchando contra los demonios

Me tomé mi primer trago el 13 de junio de 1966. La razón por la cual recuerdo el día es porque llegué a Vietnam el 10 de junio de 1966 (el trigésimo primer aniversario de AA). Tres días después de llegar, entramos en combate con el ejército enemigo. Era médico. Atendí a cuatro heridos ese día. Dos murieron, dos sobrevivieron. Esa tarde estaba solo en el campamento, sentado, temblando y llorando. Un viejo sargento (tendría unos cuarenta años) se me acercó y me preguntó cuál era el problema. Había estado en Vietnam tres veces (en tres campañas de guerra) y también había prestado servicio en Corea. Sin lugar a dudas un guerrero veterano. Le dije que tenía miedo. Agarró su morral, sacó una botella de Scotch y me dijo que me tomara un trago. Me dijo que me ayudaría con el nerviosismo. Me tomé mi primer trago ese día, en un país extranjero. Me bebí ese litro de alcohol, y casi inmediatamente le tomé el gusto al trago. Me siguió gustando hasta el 1 de enero de 1987, el día que me tomé mi último trago.

En Vietnam se bebía en todas partes. Todos bebían excesivamente. Fluía como el agua. De hecho, en vez de agua, bebíamos cerveza, que nos suministraban las grandes cervecerías la mayor parte del tiempo. Las bebidas fuertes, sobre todo el whisky, se conseguían en cualquier sitio. Bebíamos enormes cantidades y con frecuencia las mezclábamos con las drogas, también fáciles de conseguir. La mezcla era seductora. La mayoría de nosotros combatíamos mejor si nos tomábamos unos cuanto tragos — si no mejor, al menos intrépidamente. El mejor antídoto que conocía contra el miedo era el whisky y la morfina o la heroína. Funcionaron bien para mí durante diecinueve meses.

Me hirieron tres veces en combate, la última vez seriamente. Me metieron siete balas con un rifle ruso de asalto, en un combate para rescatar a un piloto cautivo. El piloto sobrevivió y yo también. Las heridas me incapacitaron permanentemente. La bebida me incapacitó los años siguientes.

Nada me había preparado para la guerra y nada me preparó para vivir después de la guerra. Las cárceles, las prisiones y la desesperación fueron la cruz que llevé a cuestas muchos años después de que regresé a casa. Las pesadillas eran deprimentes (todavía lo son, pero he aprendido a vivir con el horror). La sobriedad es la razón por la cual estoy bien hoy en día. He estado sobrio casi una década. Me siento bien, soy un miembro productivo de la sociedad. He tenido éxito, hecho dinero, y tengo un buen matrimonio de muchos años. Con frecuencia pienso en mis sufridos camaradas, todavía “allá afuera,” luchando contra los demonios de esa guerra de otrora. Rezo por ellos y los ayudo cuando se presenta la ocasión. Ese es mi legado. Eso es lo que hago. Espero sea suficiente.