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Enero / Febrero 1997

Fascinada con la cordura

Segundo Paso: Llegamos a creer que un Poder Superior a nosotros mismos podría devolvernos el sano juicio.

Cuando me convertí por primera vez en miembro de AA, todo lo que hice fue dejar de beber. Esto sucedió hace mucho tiempo, y era lo que la Comunidad a mi alrededor aconsejaba: no bebías un día a la vez, participabas en las reuniones, y esta clase de sobriedad te permitiría resolver todos tus problemas. Mis amigos en AA, sobrios por mucho tiempo, tenían algo que yo quería así que los imité.

Funcionó bien — por un rato. Luego dejó de funcionar. Me puse más y más descontenta pero lo negaba. Después de todo, estaba sobria, ¿no es verdad?

Demasiado cobarde, no bebí de nuevo pero desarrollé una segunda compulsión que me humilló. Esta compulsión era sólo un síntoma de mis enormes problemas emocionales: estaba furiosa, llena de miedo, totalmente ensimismada, era manipuladora y deshonesta en mis relaciones, me detestaba a mí misma y al mundo y, sobre todo, era profundamente infeliz. Había creado una vida normal, viviendo como lo hacían mis iguales, cosechando triunfos en mi profesión, pero muriéndome por dentro.

A este punto me fui a vivir al extranjero, y fue en la primera reunión de AA en ese lugar que tuve lo que sólo puedo describir como una experiencia espiritual. Me imagino que estaba aterrada de la nueva situación, sola en un ámbito desconocido, y eso hizo que tuviera una actitud abierta. Escuché a la oradora compartir sus experiencias acerca de su relación con Dios (hablaban mucho acerca de Dios en esa reunión), y tenía unos ojos tan claros, tan intrépidos, emanaba tanta felicidad y satisfacción que me quedé fascinada. Súbitamente comprendí lo que me había ocurrido: no había recibido ninguna clase de tratamiento para curar las causas por las que había bebido, mi alcoholismo había regresado con un síntoma diferente.

Sentí una increíble alegría y alivio, y una ola de amor propio y aceptación. Podía ver ahora que me habían presentado las herramientas que me iban a ayudar a vencer mi alcoholismo. Ahora estoy convencida que mi “recaída” fue una reacción muy saludable. Si creo que los seres humanos son sistemas, el mío había dejado de funcionar. Me había hecho tanto daño a mí misma imponiéndome niveles de perfección, haciendo imposible que me aceptara a mí misma, y había negado todas las necesidades espirituales y emocionales, que el sistema estaba transmitiendo señales — con mi nueva compulsión — de que algo no funcionaba. Me vi obligada a ponerle atención a la situación y a tomar medidas. Podía lamentarme de los años malgastados, o podía seguir adelante con mi vida y recuperarme.

Mi verdadera recuperación empezó en ese mismo instante. Empecé AA como si estuviera recién llegada, encontré una madrina y di los Pasos en el orden en el cual aparecen.

El programa me prometía cordura, y se convirtió en algo que deseaba. Encontré gente cuerda y las busqué enérgicamente en las reuniones. Esto me proporcionaba paz mental, satisfacción y aceptación de mí misma. No tenía que seguir luchando contra el mundo sintiendo que me devoraba, no tenía que continuar siendo la Señorita Perfección que tenía todas las respuestas. Reflexionando, no tenía dudas que no podía hacerlo por mí misma. Acepté que la ayuda tenía que venir de un poder mayor que el mío. O, como escuché una vez en una reunión, “La mente no cura la mente.”

Así que pensé en el poder mayor que el mío en quien quería confiar y en cuyas manos podía poner mi vida y mi voluntad. De nuevo recibí gran ayuda de aquéllos que habían estado allí antes que yo. Los que estaban bien tenían todos una relación muy personal con Dios, e ideas claras acerca de cómo era ese Dios. Escuché, hice intentos, cometí errores, y cambié mis ideas cuando era necesario. Desde hace un rato, mis ideas acerca de mi Poder Superior no han cambiado pero mi entendimiento se ha profundizado.

¿Y no ha habido problemas desde ese entonces? Sí, por supuesto. Con el paso de los años, mucho ha sucedido, las circunstancias de la vida han cambiado, y estoy envejeciendo. Encuentro un patrón de conducta que aparece una y otra vez. Cuando las cosas marchan bien, me siento satisfecha de mí misma. Orar deja de ser una prioridad, doy mi Décimo Paso superficialmente, e ir a las reuniones se convierte en una carga. Afortunadamente, mi tolerancia por el dolor auto infligido es baja estos días, y regreso a Dios como la fuente de la cordura cuanto antes mejor. He tenido algunas experiencias espectaculares de alivio instantáneo cuando le he pedido a Dios que me quitara algunas obsesiones. Por otro lado, también he experimentado etapas cuando he tenido que pedir una y otra vez por el deseo de tener suficiente disciplina para deshacerme de pensamientos y acciones auto destructivos.

En la actualidad me parece que nada es más valioso que la cordura. Era adicta a las circunstancias dramáticas y sólo podía funcionar cuando estaba agitada y cuando tenía la adrenalina muy alta. Hoy en día es distinto. Realmente aprecio la calidad de mi vida. Vivo tranquilamente y gozo siendo otro miembro más de la raza humana. Me esfuerzo por ser servicial en mi trabajo, ser una buena amiga y una ciudadana responsable. Es todo normal y corriente y cuerdo y no lo cambiaría por nada.

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