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Enero / Febrero 1997

En memoria de Ebby

Bill W.; del Grapevine de Junio 1966

A la edad de setenta años, el 21 de marzo de este año, mi amigo y padrino Ebby pasó a mejor vida.

Ebby fue quien, una tarde fría de noviembre de 1934, me pasó el mensaje que me salvó la vida. Aún más importante, él fue el portador de la gracia y de los principios que, poco tiempo después, me condujeron a mi despertar espiritual. Esa fue una auténtica llamada a llevar una vida del espíritu. Este tipo de renacimiento ha llegado a ser el don más precioso de todos y cada uno de nosotros

Al verlo en su último reposo, me sentía conmovido por recuerdos de todos esos años en los que le había conocido y amado.

Había recuerdos alegres de nuestros días de estudiantes en el internado de Vermont. Después de los años de la guerra, nos juntábamos en ocasiones, y, por supuesto, íbamos a beber. Creíamos que el alcohol era la solución de todos nuestros problemas, un auténtico elixir de la buena vida.

Y hubo aquel episodio absurdo de 1929. Ebby yo estábamos en Albany pasando una noche de borrachera. De repente, recordamos que se había construido un nuevo aeródromo en Vermont, en una pradera a poca distancia de mi pueblo natal. Se estaba acercando el día de su inauguración. Entonces nos vino una idea embriagadora. Si pudiéramos fletar un avión privado, podríamos adelantarnos unos días a la inauguración y así escribir una página en la historia de la aviación. Ebby no tardó en llamar y despertar a un amigo suyo que era piloto, y, a un precio bien elevado, le contratamos a él y su pequeño avión. Enviamos un telegrama a los ancianos del pueblo para anunciarles la hora de nuestra llegada y, hacia media mañana, emprendimos el vuelo, en estado eufórico — y muy borrachos.

No se sabe cómo nuestro achispado piloto logró hacer el aterrizaje. Nos estaba esperando una muchedumbre, incluyendo la orquesta municipal y un comité de recepción, y la hazaña suscitó una salva de aplausos. Luego, el piloto desembarcó. Y nadie más. Perplejos, los espectadores seguían esperando en silencio. ¿Dónde estarían Ebby y Bill? Entonces, se hizo el horrible descubrimiento — los dos estábamos desplomados al fondo de la carlinga, borrachos perdidos. Algunos amables amigos nos bajaron del avión y nos depositaron de pie en la tierra. Y nosotros, que íbamos a escribir una página en la historia de la aviación, nos caímos de bruces. Nuestros amigos tuvieron que sacarnos de allí en total ignominia. No se podría haber imaginado un fracaso más vergonzoso. Pasamos los días siguientes escribiendo nuestras disculpas con manos temblorosas.

Durante los cinco años siguientes, vi a Ebby muy raras veces. Pero naturalmente seguíamos bebiendo. A fines de 1934, tuve un choque tremendo cuando me llegaron noticias de que se iba a confinar a Ebby, esa vez en un hospital mental del estado.

Tras una serie de parrandas enloquecidas, un día, al volante del nuevo Packard de su padre, se desvió de la carretera y chocó contra una casa, derrumbando la pared de la cocina y casi aplastando a la aterrada ama de casa. Con esperanza de aliviar las tensiones de esta situación embarazosa, Ebby dirigió a la mujer una sonrisa abierta y le dijo, “¿Qué te parece una tacita de café?”

Naturalmente, ninguno de los interesados le vio la gracia a su comentario. A los ancianos del pueblo, se les había agotado la paciencia y llevaron a Ebby a comparecer ante la justicia. Según parecía, Ebby acabaría en el manicomio. Para mí, esto significó que ambos habíamos llegado al fin del camino. Hacía muy poco tiempo, mi médico, el Dr. Silkworth, se había visto en la obligación de decirle a Lois que no nos quedaba la menor esperanza de recuperación; que yo también tendría que ser confinado a correr el riesgo de volverme loco o morir.

Pero la Providencia nos tenía reservado otro destino. Poco tiempo después, nos enteramos de que habían puesto a Ebby en libertad vigilada, bajo la custodia de algunos amigos que habían logrado su sobriedad  (por el momento) en los Grupos Oxford. Le llevaron a Nueva York, donde se sometió a la benigna influencia del Dr. Shoemaker, director de la Iglesia Episcopaliana de Calvary, y futuro gran amigo de AA. Muy afectado por Sam y los “G.O.”, Ebby pronto logró su sobriedad. Al enterarse de mi grave condición, se apresuró a visitarme en nuestra casa de Brooklyn.

Al seguir con mis recuerdos, volví a ver vívidamente a Ebby sentado a la mesa de nuestra cocina mirándome. Como ya saben la mayoría de ustedes, me habló de la liberación de la desesperación que había conseguido (mediante los Grupos Oxford) como resultado del auto-examen, la reparación, ayuda generosa a otros, y la oración. En pocas palabras, me estaba proponiendo las actitudes y los principios que más tarde usé para formular los Doce Pasos de AA de recuperación.

Había sucedido. Un alcohólico había llevado eficazmente el mensaje a otro. Ebby se había visto en la posibilidad de llevarme la dádiva de la gracia porque pudo comunicarse conmigo en el lenguaje del corazón. Había entreabierto la gran puerta por la que todos los AA han pasado desde entonces para encontrar su libertad por la gracia de Dios.

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