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Enero / Febrero 1997

El camino (rocoso) del destino feliz

Tenía unos cuantos meses de sobriedad cuando creí que había ocurrido un desastre. Era la primera vez que vivía sola. Había abandonado un esposo abusivo y alcohólico y a mis hijos alcohólicos. Todos los días llamaba a mi madrina pues tenía dificultades para dejar el trago y los tranquilizantes. No sabía cómo manejar las situaciones cotidianas. Mi madrina me escuchó, me dio consejos para los Pasos Uno y Dos, y me dijo que le rezara a mi Poder Superior. No le dije sino hasta mucho tiempo después que ella había sido mi Poder Superior.

Ese día en particular mi sindicato estaba en huelga, tenía que pagar el alquiler y casi no había nada de comer en el apartamento. Llamé a mi madrina para contarle mi historia trágica y ¡quién lo hubiera dicho! me respondió el contestador automático. Varias veces ese día, y el siguiente, seguí tratando de localizarla. Llamé a otras personas pero nadie parecía estar en casa. Aunque la verdad sea dicha no puse mucho empeño en ello. Me sentí totalmente sola y abandonada y llena de autocompasión. No había nadie allí que me ayudara.

Hasta ese momento me había negado a trabajar el Paso Tres. Todavía creía que si ponía mi vida y mi voluntad al cuidado de Dios, sería una persona insignificante. Mientras estaba sentada allí sintiéndome indefensa y abatida recordé lo que mi madrina me había estado diciendo recientemente: “Reza primero, luego llámame.” ¿Yo? ¿Rezar? Eso significaba que tenía que encontrar un Poder Superior que no fuera mi madrina.

No había forma de evadir el Paso Tres. Entonces tomé la decisión de poner mi vida y mi voluntad al cuidado de un Dios que no entendía. Oré de una manera desafiante y de mala gana, pero era lo máximo que podía hacer en esa época. No diré que todo se puso color de rosa. La huelga continuó, las prestaciones para los huelguistas pagaron parte del alquiler, y me alimenté con emparedados de mantequilla de maní. Lo que ocurrió después de esa oración imperfecta fue qué empecé a creer que el Dios con quien estaba tan furiosa de veras se preocupaba por mí. Me di cuenta que se encargaría de mis necesidades pero no necesariamente de mis deseos. 

Mi madrina regresó dos semanas después de haberse ido de la ciudad intempestivamente, Le dije lo que había pasado y de mi decisión de dar el Paso Tres. Juntas repasamos ese Paso otra vez y leímos la Oración del Tercer Paso en el Libro Grande. Finalmente había encontrado a mi Poder Superior, un Dios como yo lo concebía que me ama y me perdona. Mi peor día sobria resultó ser mi mejor día pues fue verdaderamente el comienzo de mi ruta de recuperación. Creo que no fue ninguna coincidencia que mi madrina tuviera que viajar repentinamente, sino más bien la manera que Dios escogió para acogerme en su seno.

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