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Enero / Febrero 1997

Desesperada por un trago

No recuerdo cómo comenzó el día. Sólo recuerdo que Gracias a Dios no bebí.

Mi esposo, nuestras dos hijas y yo habíamos estado cuidando la madre de mi esposo que tenía cáncer desde hacía dos años. Se había venido a vivir con nosotros el día después que mi esposo y yo escogimos la vida sobria. Mas llegada la víspera del aniversario de nuestro segundo cumpleaños, estaba desesperada.

Había seguido todas las sugerencias que me habían hecho las personas en AA. Había dado los Pasos con mi madrina y era veterana en hacer las cinco cosas que se supone una haga todos los días: pedir un día más de sobriedad en la mañana, ir a una reunión, llamar a nuestra madrina, leer el Libro Grande y darle las gracias a mi Poder Superior por un día más de sobriedad.

Pero quería un trago más que cualquier otra cosa que hubiese querido en toda mi vida. “Si así es la sobriedad”, dije, “prefiero estar borracha.” El estrés de cuidar a una mujer llena de drogas y alcohol era mayor de lo que podía soportar. Tenía tantos deseos de cuidar a esta mujer que había sido para mí mejor madre que mi propia madre, pero no podía continuar haciéndolo. Sin embargo no aceptaba que estaba derrotada. Mi orgullo se interpuso. Quería un trago desesperadamente.

Mi esposo usó una treta a la que habíamos recurrido con frecuencia. “¿Qué tal si no tomas esta noche?”, me preguntó. Le contesté que lo intentaría.

Al día siguiente mi esposo, mis hijas y yo tuvimos una reunión de familia, y le pude decir a mi familia cómo me sentía. Acordamos hacer otros arreglos para el cuidado de Mamá. Había dicho no aguanto más. Fui a la reunión esa noche y recibí mi ficha de dos años. No diré que fui muy gentil pero me mantuve sobria. Han pasado nueve años, y siento gratitud por el regalo de la sobriedad. Porque si hay alguna cosa que la oscuridad me ha enseñado es que la sobriedad es un regalo. No puedo hacer nada para recibirlo pero puedo aceptarlo. Mi suegra vivió el fin de sus días en paz en un lugar donde la cuidaron mejor de lo que nosotros podíamos hacerlo. Resultó que no se sentía cómoda con la forma como tratábamos de hacernos cargo de sus necesidades personales. Murió sobria y sin muchas drogas.

Las cosas no siempre marchan como quiero. No soy Dios, y ¡qué gran alivio es no serlo!